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31 octubre, 2012

Se me sale del corazón

A veces pienso cosas...

Yo, olfateando el cielo
para encontrar
fragancia
tuya
que luego sea nuestra,
y -tal vez-
yo olfateando tu lugar
en la cama
fragancia
tuya
derramada, encaramada,
luego de despertar.

Yo, urgando en la arena,
descubiendo
texturas
la piel tuya
y -tal vez- 
nuestra,
urgando en húmedo y seco,
borde de la playa,
límites sin definir,
la piel
tuya
desesperada, encaramada,
antes de dormir.

23 septiembre, 2012

Con-tinuando

Continuación de  A veces pienso cosas y me creo grosa por eso, luego las escribo. Fin.

 

 Luego llegó otro día, siempre llegan otros días, que estaba sin él. No sé quién se aburrió primero, pero yo me entretuve antes seguro, con otro, claro, y la cosa no podía seguir así.
Agarré un par de cosas y me tomé el subte, cuando escapo me gusta que hayan expectadores, es más de película, por lo tanto menos real y menos doloroso. Sí, muchas veces hago escenas para disminuir el dolor de la realidad. El subte y mis pies me llevaron a la casa de unos amigos, si es que a eso se le puede llamar "casa" -por suerte si puedo llamarlos amigos- ahí derramé lágrimas en sus consuelos y en su suelo mientras las cámaras seguían grabando, poco después desmontaron el set. ¿Qué hago cuando no soy una actriz? No sé, modo automático, rutina, nada interesante, creo. No me gusta verlo, mis ojos son pantallas, sólo el show pasa por ellos. Mi boca y mi nariz, sin embargo, quedan conectados a la realidad, me cuentan cosas, como que seguí comiendo y que probé otros labios, que ya era primavera y que un perfume masculino anunciaba una nueva temporada de mi estelar. Me dejé llevar por la ansiedad y sonreía porque sí, iba a llegar pronto otro día con una nueva historia.

18 septiembre, 2012

Sobre retener

Inflexionando

Si pudieras retener algo, ¿qué sería? Un momento, una persona, un recuerdo, una sensación, ¿la vida?
Sufrimos cada segundo por las pérdidas, por lo efímero que termina siendo todo lo bueno. Al final también, mirando para atrás, lamentamos hasta lo malo que nos pasó, sólo por el hecho que nos pasó, quizás, si no se iba no lo sufríamos. Hay gente que por miedo a las sombras camina bajo la más grande que encuentre. Pero no quiero hablar de eso ahora. Retener.
Y, nacimos tratando de retener -mientras todo se nos escapaba- la respiración, el pecho de nuestra madre, el pis, la comida, ¿la vida? 
Nos enseñan a retener, "enseñanza", la escuela es eso, retener algo en la cabeza, con eso bastaba para aprobar. Después se pone todo más jodido, obvio, sobretodo cuando quieres retener un rostro, un perfume de un otro en la almohada que hace suspirar. Retén tu trabajo, tus amigos -que ya pocos deben ser, la adultez no ayuda en eso-.
Pero retener duele, es incómodo, hasta insalubre: "vaya al baño, mijito, no se aguante que le hace mal".
Y tenemos que encarar el fluir de las cosas: "llora, que ya va a pasar". ¿Dónde habrá mayor alivio? ¿Retener o fluir?
Un tire y afloje, bien lo aprendió el mar con las olas, sí, la naturaleza es sabia y esas cosas. Retener mientras sea sano, dejar fluir para que lo sea ¿será esa la fórmula? Yo no sé, tengo la cabeza llena de sombras.

23 julio, 2012

Al fondo a la derecha

[Escrito durante mi internación]

En Inflexionando, al fondo a la derecha, hablamos de ese momento que llega, inesperadamente, y tocas fondo. Más fondo que cualquier hondo fondo que hubieses imaginado. -O quizás imaginaste y luego te reiste de tal fatalismo ridículo-.

Hoy les escribo en una hoja de papel desde un psiquiátrico, hablemos con propiedad, desde una clínica psicopatológica, disfrutando de las múltiples psico-algo-cosas, muy aburrida, con mi cocktel de psicofármacos en cada comida. Si, hoy estamos al fondo -a la derecha-. Completamente inesperado pasó y por suerte que pasó, porque me da miedo pensar qué hubiera pasado si no venía y seguía como estaba, o sea, si sé que hubiera pasado, se me iban a explotar los tornillos. Hoy no tenemos nada que decir (¿y ese plural?), salvo contarles que de acá también se sale, tanto de una clínica como del fondo, así que tranquilos. 

Esto no es una cosa para no pensar, acá se piensa mucho más aun porque no hay mucho que hacer y porque las sesiones con la psicológa te mantienen todo presente. Cuando se llega a este tipo de fondo no se puede ignorar o plasmar y luego mandarse a cambiar. Iba a dar ejemplos innecesarios, dejemos ahí. No hay desahogo, no hay nada superficial, está en todas partes. Eres, ahora, el fondo, hay que levantar todo para salir.

Por otro lado sí cambiamos los sentidos pero es distinto... no funciona bien la cabeza como para hacerlo sólo a nivel cerebral nada más, tampoco los sentidos o los desentidos te sacan de esto, sin embargo son herramientas. Y son justamente herramientas las que se necesitan y se crean en un espacio como este. -También pasa con la psicoterapia, pero eso no es tocar fondo ni serlo-. Como sea, crear herramientas para dejar de ser fondo no es sencillo. Hay mil llaves para las muchas cerraduras, soluciones y problemas.

Acá yo tengo una rutina muy marcada y establecida en lo que son los descanzos y las comidas. Tomo líquido y converso para la cotideaneidad, mis medicamentos, ver a la psiquiatra unos minutos 3 veces por semana, dos veces a la psicóloga y 1 vez de psicoterapia (como venía haciendo) para el equilibrio, salud mental y avances para salir pronto de acá. Terapia Ocupacional, terapias grupales y pintar mandalas, dan mayor contensión y matar el tiempo. Dados, cartas, pool y T.V. para el ocio (matar tiempo, todo es matar tiempo)... Quiero salir y hacer cosas con mi tiempo... Trato de volver un poco a hacer Sky.Life o finalizarlo (Nota: lo finalicé). No hago gimnacia aunque se puede, no hago porque me angustia, mis mambos mentales no resueltos, uno más como tantos otros. Recibo visitas y llamados con mucha felicidad. Pienso bastante, en mí, en pasado, presente y futuro, me agoto y no es hora de poder dormir siesta. Soy débil y si no tuviera estas cosas se rompe todo. Se me va el cerebro al carajo. Re carajo.
Al fondo a la derecha, espero no tener que volver a esto, espero volver a escribir sobre soluciones y recuerdos. 

Por ahora sólo puedo asegurar: fuerza. Fuerza hay que tener, para aguantar y salir, subir ¡fuerza, qué se puede!, que no todo es tan terrible, que hay cosas hermosas. Ánimo. Todos podemos. La internación es un paso como tantos otros, depre, bipolar, adicción, trastornos, lo que sea que tengas... You can fucking do it! We can. Yes, we can.

Los quiero.

10 mayo, 2012

Hijo de Ladrón (extracto)

Manuel Rojas es uno de mis escritores favoritos, vengo a dejar un extracto de una de sus novelas "Hijo de Ladrón". Siempre que leo esto me vuela la cabeza.


"Imagínate que tienes una herida en alguna parte de tu cuerpo, en alguna parte que no puedes hubicar exactamente, y que no puedes, tampoco, ver ni tocar, y supón que esta herida te duele y amenaza abrirse o se abre cuando te olvidas de ella y haces lo que no debes, inclinarte, correr, luchar o reír; apenas lo intentas, la herida resurge, su recuerdo primero, su dolor en seguida: aquí estoy, anda despacio. No te quedan más que dos caminos: o renunciar a vivir así, haciendo a propósito lo que no debes, o vivir así, evitando hacer lo que no debes. Si eliges el primer camino, si saltas, ríes, corres o luchas, todo terminará pronto: la herida al hacerse más grande de lo que puedes soportar, te convertirá en algo que sólo puede ser sepultado y que aún podría pasarse sin ese requisito. Si esto ocurre, querrá decir que tenías un enorme deseo de vivir y que exasperado por la imposibilidad de hacerlo como querías, preferiste terminar, y esto no significará, de ningún modo, heroísmo: significará que tenías una herida, que ella pudo más que tú y que le cediste el sitio. Si eliges el segundo camino, continuarás existiendo, nadie sabe por cuánto tiempo: renunciarás a los movimientos marciales y a las alegrías exageradas, y vivirás, como un sirviente, alrededor de tu herida, cuidando que no sangre, cuidando que no se abra, que no se descomponga y esto, amigo mío, significará que tienes un enorme deseo de vivir y que, impedido de hacerlo como deseas, aceptas hacerlo como puedas, sin que ello deba llamarse, óyelo bien, cobardía, así como si elegiste el primer camino nada podrá hacer suponer que fuiste héroe: resistir es tan heroico o tan cobarde como renunciar. Por lo demás, las heridas no son eternas, y mejoran o acaban con uno, y puede suceder que después de vivir años con una sientas de pronto que ha cicatrizado y que puedas hacer lo que todo hombre sano hace, como puede ocurrir, también, que concluya contigo, ya que una herida es una herida y puede matar de dos maneras: por ella misma o abriendo tu cerebro otra, que atacará sin que te enteres, tu resistencia para vivir; tú tienes una herida, supongamos en un pulmón, en el duodeno, en el recto o en el corazón, y quieres vivir y resistes, no te doblegas, aprietas los dientes, lloras, pero no cedes y sigues, aunque sea de rodilllas, aun arrastrándote, llenando el mundo de lamentaciones y blasfemias; pero un día sientes que ya no puedes resistir; que tus nervios se sueltan, que tus rodillas y tus piernas no te soportan y se doblegan: caes entonces, te entregas y la herida te absorbe. Es el fin: una herida se ha juntado con la otra, y tú, que apenas podías aguantar una, no puedes con las dos. No sé si conocerás algunos nudos marinos; es posible que no; como la mayoría de los mortales conocerás sólo un ejemplar de cada cosa u objeto y al oír hablar de nudos recordarás nada más que el de rosa, sin que ello signifique que lo sepas hacer bien; no se necesita saber muchas cosas para vivir: basta con tener buena salud. Hay un nudo marino, llamado de pescador, que recuerda lo que te estoy diciendo: está constituido por dos hechos que, siendo semejantes, ocurren aisladamente y que mientras están aislados no son peligrosos; el peligro está en su unión: toma un cabo, una piola, por ejemplo, un vaivén, y haz, sobre otra piola o sobre otro vaivén, tomándolo, un nudo ciego; ese único nudo que sabes hacer correctamente, sin apretarlo demasiado y sin dejarlo suelto; que muerda, como se dice, y con el extremo de la piola sobre la cual has hecho este nudo, haz otro igual sobre la primera y tendrás así dos piolas unidas por dos nudos ciegos colocados a una distancia equis; en esa situación son inofensivos, peor aún, no sirven para nada; pero el nudo no ha sido hecho aún: si tomas las piolas o los vaivenes de la parte que está más allá de los dos nudos y tiras separando tus manos, los nudos, obedeciendo al tirón, se aproximarán el uno al otro con una docilidad que quizá te sorprenda en dos nudos que aparentemente no tienen obligación de obedecer a nadie y si tiras con violencia verás que no sólo avanzan hacia sí con rapidez sino que, más aún, con furor, uniéndose como con una reconcentrada pasión; una vez unidos no habrá tirón humano o animal que los separe o desate; allí se quedarán, aguantando el bote o la red, toda una noche, hasta que el pescador, fatigado al amanecer, los separe de su encarnizada unión con la misma sencillez con que la muerte puede separarte de la vida: con un simple movimiento de rechazo hacia un lado u otro...
Pero imagínate que no tienes ni la primera ni la segunda herida de que te he hablando, sino otra, una con la que puedes nacer o que puede aparecer en el curso de tu existencia, en la infancia, en la adolescencia o en la adultez, espontáneamente o provocada por la vida. Si naces con ella puede suceder que sea pequeña al principio y no te moleste demasiado, sin que podamos descartar la posibilidad que desde el principio sea grande y te impida hablar o caminar, pongamos por caso, todo ello si tener en cuenta el lugar en que nazcas, que puede ser, un conventillo, una casa o un palacio. Podrá o no haber, a tu alrededor, gente que se interese o no se interese por ti y que quiera o no ayudarte; si la hay y se interesa y te quiere, podrás llegar a ser conservado, excepto si tu herida, esa herida que ni tú ni nadie puede ubicar, pues está en todas partes y en ninguna: en los nervios, en el cerebro, en los músculos, en los huesos, en la sangre, en los tejidos, en los líquidos y elementos que te recorren; excepto si tu herida, digo, puede con todo y con todos: con la medicina, con la educación, con tus padres, con tus profesores, con tus amigos, si es que llegas a tener todo eso, pues hay innumerables seres humanos que no tienen ni han tenido medicinas, educación, padres, profesores ni amigos, sin que nadie parezca darse cuenta alguna de ello ni le atribuya, importancia alguna en un mundo en el que la iniciativa personal es lo único que vale, sea esa iniciativa de la clase que sea, siempre que deje en paz la iniciativa de los otros, sea ésta de la índole que sea. Si la herida puede con todo y con todos y sus efectos no disminuyen sino que se mantienen y aumentan con el tiempo, no habrá salvación alguna para ti; salvación no sólo en cuanto a tu alma, que estará perdida y que en todo caso es de segunda importancia en el mundo en que vivimos, sino en cuanto todo tú; y ya podrás tener, en latencia, todas las virtudes y gracias que un hombre y un espíritu pueden reunir; no te servirán de nada y todo en ti será frustrado: el amor, el arte, la fortuna, la inteligencia. La herida se extenderá a todo ello. Si tu gente tiene dinero, llevarás una vida de acuerdo con el dinero que tiene; si te gente es pobre o no tienes familia, más te valiera, infeliz, no haber nacido y harías bien, si tienes padres en escupirles la cara, aunque es más que seguro que ya habrás hecho algo peor que eso. Puede suceder que la herida aparezca en la adultez, espontáneamente, como ya te dije, o provocada por la vida, por una repetición mecánica, supongamos: el ir y venir, durante decenios, de tu casa al trabajo, del trabajo a tu casa, etcétera, etcétera, o al hacer, día tras día, a máquina o a mano, la misma faena: apretar la misma tuerca si eres obrero, lavar los mismos vidrios si eres mozo, o redactar o copiar el mismo oficio, la misma carta o la misma factura si eres oficinista. Empezará, a veces, con mucho disimulo, tal como suele aparecer, superficialmente, el cáncer, como una heridita en la mucosa de la nariz, de la boca o de los órganos genitales o como un granito o verruguita en cualquier milímetro cuadrado de la piel de tu cuerpo. No le haces caso al principio, aunque sientes que el camino entre tu casa y la oficina o taller es cada día más largo y más pesado; que los tranvías van cada vez más llenos de gente y que los autobuses son más incomodos que antes y los choferes tocan cada vez más brutalmente sus bocinas; tu pluma no escribe con la soltura de otros tiempos; la máquina de escribir tiene siempre la cinta rota y una tecla, ésta, levantada; el hilo de las tuercas está siempre gastado y tu jefe o patrón tiene cada día una cara más espantosa, como de hipopótamo o de caimán, y por otra parte notas que tu mujer ha envejecido y rezonga demasiado y tus hijos te molestan cada día más: gritan, pelean, discuten por idioteces, rompen los muebles, ensucian los muros, piden dinero, llegan tarde a comer y no estudian lo suficiente. ¿Qué pasa? La herida se ha abierto, ha aparecido y podrá desaparecer o permanecer y prosperar; si desaparece, será llamada cansancio o neurastenia; si permanece y prospera, tendrá otros nombres y podrá llevarte al desorden o al vicio; al alcoholismo, por ejemplo, al juego, a las mujerzuelas o al suicidio. Tú habrás oído hablar del cansancio de los metales y esta frase te habrá producido, seguramente, risa: ¿pueden sufrir tal cosa los metales y puede alguien imaginarse un trozo de riel diciendo: estoy cansado? Asombra pensar que un trozo de hierro o acero termine por cansarse y ceder; pero si el hierro cede, si se afloja el acero, ¿por qué han de resistir más los nervios, los músculos, los tendones, las células cerebrales, la sangre? Y eso que muy poca gente sabe hasta dónde es capaz de resistir el ser humano. ¿Qué resistencia tiene? A veces, mayor que la del más duro acero, y lo que es más admirable, algunos parecen soportar más mientras más endebles son y mientras más deleznable es su constitución. Recordarás, de seguro, cómo aquel hombre que conosiste en la juventud, derrotado, herido nadie sabe por qué arma en lo más profundo de su ser animal o moral, resiste aún, vendiendo cordones de zapatos o mendigando; dejas de verlo un año, dos, y un buen día, cuando ya te has olvidado de él, reaparece y te ofrece sus cordones o sus diarios o te pide una limosna; cómo el morfinómano, sin casa, sin trabajo, sin familia, resistió durmiendo en las calles, en los bancos de las plazas o bajo los puentes, sin comer, sin abrigarse, con las manos más frías que las del más helado muerto, durante cinco o veinte años, enterrando a su primera y a su segunda mujer, a los hijos de la primera y a los de la segunda e incluso a sus nietos, sin poseer más tesoro que su jeringuilla y su gramo de morfina, para la cual tantas veces contribuiste unos pesos, y cómo el hemipléjico que tenía una herida tan grande como él, ya que le empezaba en el lóbulo derecho del cerebro y le terminaba en las uñas del pie izquierdo y que había, además, perdido un brazo -una locomotora se lo cortó mientras trabajaba, siendo niño, en una barraca- resistió durante diez o treinta años, a la soledad, sin poder comer, sin lavarse, vestirse ni acostarse ni levantarse por sus propios medios, sin dientes, medio ciego, sostenido sólo por su pierna derecha y por ese algo misterioso y absurdo que mantiene en pie aun a los que quisieran morir, para terminar fulminado por un ataque cardíaco, envidiado por todos los que temen morir de un cáncer o de un tumor cerebral. Y podrás ver en las ciudades, alrededor de las ciudades, muy rara vez en su centro, excepto cuando hay convulsiones populares, a seres semejantes, parecidos a las briznas de hierbas batidas por un poderoso viento, arrastrándose apenas, armados algunos de un baldecillo con fogón, desempeñando el oficio de gasistas callejeros y en compañía de mujeres que parecen haber sido fabricadas por ellos mismos en sus baldecillos, durmiendo en sitios eriazos, en los rincones de las aceras o la orilla del río, o mendigando, con los ojos rojos y legañosos, la barba grisácea o cobriza, las uñas duras y negras, vestidos con andrajos color orín o musgo que dejan ver, por sus roturas, trozos de una inexplicable piel blanco azulada, o vagando, simplemente, sin hacer ni pedir nada, apedreados por los niños, abofeteados por los borrachos, pero vivos, absurdamente erectos sobre dos piernas absurdamente vigorosas. Tienen, o parecen tener, un margen no mayor que la medidaque puede dar la palma de la mano, cuatro traveses de dedo, medidas más allá de la cual está la inanición, el coma y la muerte, y se mueven y caminan como por un senderillo trazado a orillas de un abismo y en el cual no saben sino sus pies: cualquier tropiezo, cualquier movimiento brusco, hasta diriáse que cualquier viento un poco fuerte podría hecharlos al vacío; pero no; resisten y viven durante decenas de años; tú puedes perder a tu madre, a tu mujer, a tus hijos, a tus amigos, todos sanos y fuertes, sin fallas; ellos persisten, irritando con su presencia a los enfermos y a los sanos, a los poderosos y a los humildes, a los viejos y a los jóvenes, sin que nadie pueda explicarse cómo pueden resistir, en un mundo que predica la democracia y el cristianismo, semejantes seres. Pero tú, amigo mío, eres sano, has sido creado como una vara de mimbre, elástica y firme, o como una de acero, flexible y compacta; no hay fallas en ti, no hay heridas, ni aparentes ni ocultas, y todas tus fuerzas, tus facultades, tus virtudes están intactas y se desarrollarán a su debido tiempo o se han desarrollado ya, y si alguna vez piensas en el porvenir y sientes temor, ese temor no tiene sino el fundamento que tienen todos los temores que experimentan los seres humanos que miran hacia el porvenir; la muerte; pero nadie se muere la víspera y el día llegará para todos y, hagas lo que hicieres también para ti. Hoy es un día de sol y de viento y un adolescente camina junto al mar; parece, como te decía hace un instante, caminar por un sendero trazado a orillas de un abismo. Si pasas junto a él y le miras, verás su rostro enflaquecido, su ropa manchada, sus zapatos gastados, su pelo largo y, sobre todo, su expresión de temor; no verás su herida, esa única herida que por ahora tiene, y podrás creer que es un vago, un ser que se niega a trabajar y espera vivir de lo que le den o de lo que consiga buena o malamente por ahí; pero no hay tal: no te pedirá nada y si le ofreces algo lo rechazará con una sonrisa, salvo que al ofrecérselo le mires y le hables de un modo que ni yo ni nadie podría explicarte, pues esa mirada y esa voz son indescriptibles e inexplicables. Y piensa que en este mismo momento hay, cerca de ti, muchos seres que tienen su misma apariencia de enfermos, enfermos de una herida real o imaginaria, aparente o oculta, pero herida al fin, profunda o superficial, de sordo o agudo dolor, sangrante o seca, de grandes o pequeños labios, que los limita, los empequeñece, los reduce y los inmoviliza."